Festival Internacional de las Artes
«Cruda. Vuelta y vuelta. Al punto. Chamuscada»
De Rodrigo García. La Carnicería Teatro. Espacio Fonseca.
JULIA AMEZÚA
Este último espectáculo del rompedor director argentino tiene mucho de retorno al mundo marginal de su infancia y adolescencia. Rodrigo García cuenta ya con un amplio público en España que es capaz de aguantar retrasos de 45 minutos por problemas climatológicos en una noche de junio. Y es que sus propuestas escénicas, que siempre buscan despertar conciencias dormidas en el Viejo Continente, no dejan frío a nadie. No lo hace este espectáculo en el que incorpora a la murga argentina, pues a excepción de Juan Loriente, actor español habitual en sus montajes, los intérpretes son catorce jóvenes murgueros de entre los 15 y 28 años. Con ellos, el escenario se transforma en una fiesta carnavalesca, un espectáculo callejero en el que los murgueros a ritmo de bombo y platillo, despliegan energía a través del baile, el juego, la discusión. Hay imágenes espectaculares, sobre todo, las de los murgueros que bailan inmersos en la ruidosa fiesta que se proyecta en pantalla. Pero la murga es un espectáculo de contrastes, pues estos chicos, que ríen y hacen de su vida callejera una fiesta, viven tremendas historias que estallan en las conciencias burguesas, como la música ensordecedora que tocan lo hace en los tímpanos. Sus palabras, sin micrófono y atropelladas, son casi inaudibles, pero se salvan por los textos proyectados en pantalla y las elocuentes imágenes. Estos jóvenes sí que son auténtica carne cruda que se da vuelta en la parrilla como salchichas, con sus historias de niños abandonados, abocados a la drogadicción en la calle y a la paternidad en la adolescencia. Ellos son la murga, carne cruda que se cuece en distintos puntos en una extraña mezcla de dolor y fiesta, de marginalidad y vitalidad, de vicio y fertilidad. Al final, el espectáculo pierde la fuerza con ese inconexo discurso sobre la nueva creación de un mundo en el que la memoria emocional de los seres humanos sea tan pasajera como la de una vaca que pierde sus crías. Los espectadores, en su mayoría jóvenes, aplaudieron y jalearon a los actores al terminar el espectáculo.






